Miedo
Desde que era niña, cada vez que sonaba el teléfono en horarios raros, cuando el silencio se hacía insoportable en la sala de espera o escuchaba murmurar a mi padre sin poder descifrar lo que decía, mi gran miedo era que me avisaran que alguno de mis abuelos se había ido.
Ese miedo desapareció una mañana de sábado. Y aunque sus partidas dejaron un vacío que crece a ciertas horas y en ciertos lugares, me gusta creer que me hablan desde donde quiera que se encuentren, a través de señales que yo me invento, como un atardecer en colores pastel, o la sonrisa de un desconocido al final de un mal día, o abrir un libro en una página aleatoria y sentir que las palabras que leo las escribieron ellos para mí...



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