Ansiedad
La mayor parte del tiempo vive silente en mi interior. Trato, cada día de mi vida, de mantener su letargo, pero es impredecible, desconozco el momento y el sitio en que reclamará su lugar en mi cuerpo. Bebo todo lo que mi organismo me permite esperando ahogarla, camino a dondequiera que mis piernas me lleven con tal de huir, pero no importa lo que haga siempre me alcanza, así que cedo y me entrego a ella sin poner resistencia; como la presa que siente al depredador encima sin poder hacer ya nada, más que esperar que la muerte sea rápida y lo menos dolorosa posible.
Pero aquí no hay muerte, solo agonía. Despierto deseando que el día termine pronto. Ya no intento (aunque quiera) escapar. No puedo. Estoy atada y amordazada, inmóvil en un abismo en donde la noción de tiempo-espacio no existe.
Vacío, tristeza, rabia, se convierten en una especie de playlist con repeat.
Escribir ¿para qué? Salir ¿para qué? Conocer gente ¿para qué? Enamorarse ¿para qué? Amar ¿para qué? Metas, retos, objetivos ¿para qué? Todo carece de sentido. Lloro sin saber por qué, tal vez por todo o tal vez por nada. Todo lo veo en una escala de grises. Me enojo por banalidades que uso como pretextos para sentirme como me siento. Hiero a quienes me quieren (al menos ellos pueden alejarse de mí).
Sabe cuando trato de engañarla. No puedo dormir porque sabe también cuando trato de evadirla. Me mantengo despierta, quieta, muy quieta para evitar que un movimiento brusco la perturbe. Las 3:00 a. m., el sonido de las manecillas del reloj se amplifica con un tempo cada vez más lento…
Tachar un día más en el calendario (¿o un día menos?)… un día más (o uno menos, da igual) ¿para qué?
Despierto deseando que el día termine pronto.
Y así interminablemente. Deja pasar temporadas, a veces cortas, a veces largas pero siempre regresa.


Comentarios
Publicar un comentario