Epístola CCCLXV
Te confieso que te
pienso cada día, que cada noche llegas a mis recuerdos y estás presente en mis
oraciones. Que no te he olvidado, tan solo he dejado de
aferrarme a algo que ya no es. Que miro al cielo siempre que hay luna llena en
memoria de ese octubre que se nos fue. Que te busco por todos lados, para culpar
al destino o llamarle casualidad a las ganas que tengo de encontrarme con tu
mirada, con tus hermosos ojos cafés. Te confieso que nunca me había roto tanto
como cuando te alejaste. Que ya no te lloro, pero mi alma siempre estará de
luto por nuestro amor perdido. Que ya no estoy mal, que la vida se tornó normal y eso me repugna. Te confieso que si un día, nos
volvemos a cruzar, lloraré frente a ti de alegría por verte, y de tristeza por
saber que en tu vida solo seré pretérito, que te amé y que la vida que soñamos
juntos ahora le pertenece a alguien más. Te confieso que te llevaste lo mejor
de mí. Y aunque te prometo que seré feliz, sé que nunca amaré a nadie como te
amé a ti. Porque aunque suene precipitado, prefiero extrañarte, que estar con
cualquier otro; prefiero soñarte, que dormir con alguien más; prefiero morir
sin ti, que vivir con alguien que no seas tú; prefiero la soledad que deja tu
ausencia, a una compañía no deseada… porque yo sí hablaba en serio cuando te
dije que no había ni habría nadie más, aparte de ti.


Comentarios
Publicar un comentario