Intuición estratégica
Hace tiempo que tengo
ganas de llorar, de llorarte y no puedo, y no entiendo por qué. He tratado de
llorar por otra cosa, lo que sea. Por una película, una canción, por un poema, por
alguna fotografía vieja. Pero no consigo hacerlo. No te lloro y me temo que es una
mala señal. Presiento que las lágrimas se acumularán gradualmente escondiéndose
en alguna parte de mi cuerpo, de pronto en el codo o en el dedo chiquito del
pie. De pronto a la mitad de un recuerdo en el que estemos tú y yo. Y entonces,
un día, cuando me lastime el codo con la llave de la regadera o el dedo del pie
con la esquina de la cama, lloraré como si no hubiera mañana, me tiraré al piso
a dolerte por fin sin poder dejar de llorar por una hora, dos, cinco horas.
De pronto un día,
cuando haya agotado todas las tareas habidas y por haber, cuando esté sola y el
vulgar agobio de la rutina diaria me saque de ese cuadrante que es mi refugio,
podré deshacerme de este nudo que cargo alojado en el centro de mi pecho y que
no me deja exorcizarme de ti.
Confieso que a veces
pienso que si no te lloro nunca, nunca te voy a olvidar, nunca me lavaré tu
nombre del cuerpo. Lloramos para aliviar nuestras penas, porque –de cierta
forma- llorar es sacar toda esa carga emocional que traemos adentro. Y a veces,
es como si no quisiera que pase. Que te quedes aquí para siempre, así sea
convertido en un dolor en el codo, en constipación emocional, en lágrimas
acumuladas en mis ojos.
Creo que la mayoría
de las veces no te lloro para no sentir que te conviertes en agua que recorre
mis ojos, mi cara, mi cuerpo y se va para siempre. Para siempre porque las
lágrimas lloradas, por más que se intente, ya no pueden ser realojadas en el
cuerpo. Y no sé, siento que si te dejo ir a través del llanto, estaría
traicionando nuestro amor (un amor que ya ni siquiera existe).
Aunque… como esas
buenas ideas que nos llegan en un
destello de insights, últimamente tengo la impresión de que tal vez lo que más me
temía ya pasó sin siquiera darme cuenta. Tal vez no puedo llorarte porque ya te
lloré lo que te tenía que llorar y tal vez cuando me lastime el codo con la
llave de la regadera o el dedo del pie con la esquina de la cama ya ni siquiera
lo sienta. Sigo escribiendo de ti, para ti, por ti… y probablemente lo seguiré
haciendo, pero supongo que al igual que las lágrimas, algún día las palabras
también se agotarán. Y es triste, pero es prácticamente imposible evitarlo.


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