Stand by
Hoy me he roto un
poco más, igual que todos los días desde hace un tiempo, cada día un poco más.
No sé si me siento así porque todo se tambalea o soy yo la que se tambalea y lo
proyecta al exterior. No sé hasta cuándo aguantará la estructura.
Las palabras pesan,
pesan como enormes bolas de nieve que se van haciendo más grandes a medida que
las empujas. ¿Me sentiría mejor si en lugar de empujar esa bola cuesta arriba
lo hiciera montaña abajo y la lanzara sin preocuparme de a quién se lleva por
delante, aunque me llevara con ella? Supongo que le doy demasiadas vueltas, a
la bola de nieve y a las palabras, como para soltarlas sin más…
A veces sucede que
paso mucho tiempo con otras personas, tratando de agradarles. Que conozco a los
demás mejor de lo que me conozco a mí misma… a veces, invierto demasiado tiempo
en ellos que ya no sé ni quién soy. Y llega el momento en que no puedo estar
con nadie, ni siquiera conmigo misma, pero no puedo huir de mí. No me preocupa
estar sola, lo que me preocupa es no ser capaz de hacerme compañía. Antes
funcionaban los maratones de series, pero ya no; antes funcionaba la
satisfacción de hacer bien lo que me gusta, pero ya no sé si lo hago bien.
Antes, antes… antes y después… después de todo ese antes, ahora, sólo me
apetece pensar en que quizá después estaré mejor. Ya sé que para conseguir eso
tengo que actuar. ¿Qué voy a hacer con mi vida? Buena pregunta. No lo sé. Ahora
mismo, sobrevivir, quizá después vivir. Por suerte o por desgracia sigo
teniendo la ingenua idea de que haré algo que me llene, algún día. Sigo
teniendo la ingenua idea de que hay un lugar para mí, un cometido, una razón;
un reino conceptual alojado en mi interior que quizá conquiste y gobierne algún
día.
Hace semanas que me
quedo quieta por las noches… muy quieta, como si eso detuviera también el
tiempo, por temor a que un movimiento brusco ahuyente a las horas y a la
oscuridad y con ellas huya mi alma en busca del ayer en el hoy. En esos
momentos los sentimientos, buenos y malos, se amplifican, como si fuera una
visión en 3D de cada pixel emocional. El dolor se enquista y utiliza su memoria
celular para recordarme el daño que nos hemos hecho mutuamente. Pero también
sucede que la voluptuosidad deja paso a un electrocardiograma plano, sin
latido, sin acción ni reacción ante nada, lineal, indiferente y apático.
Así es como me siento
la mayor parte del tiempo: con la vida adormecida, en espera, ausente.
Intentando gritar con una mordaza en la boca y acariciar con las manos
engrilletadas a la espalda.


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