22 de marzo
Ya lo
decía Sabines: “Al mediodía, y en
la oficina, no puede uno ponerse a tono con el recuerdo. El amor, el escribir
de amor, necesita soledad y silencio y reposo…”. Así que heme aquí, sentada en
una vieja banca del parque más tranquilo de la ciudad. Las luces se encienden y
parpadean aumentando poco a poco la intensidad de su luz. El sol se esconde
tras los bloques de edificios y árboles, dorando la tarde.
Disculpa
si alardeo demasiado, es solo que en todo este tiempo no he podido encontrar
las palabras adecuadas para expresarte lo que siento.
Te
necesito. Estoy tan llena de todo, de nada, de dudas, de vacíos, de anhelos,
tan llena de escombros, de logros, de fracasos, de llanto y de tantos
recuerdos. Siento que voy a explotar de tanto que guardo, que si acumulo un
poco más me voy a derrumbar, así que creo que es tiempo de sacarme de dentro
esta ponzoña que me carcome.
No me explico cómo es que aún sigo aquí, me siento tan ajena a este mundo, una parte de mí se fue contigo el día que tuviste que partir. Han pasado seis años, ¿puedes creerlo? ¡Seis malditos años! Me gustaría que estuvieras frente a mí para poder decirte que te amo, que no ha habido (ni habrá) día en el que no deje de añorar tu presencia, tu luz y tu sonrisa. Que te amo como jamás podré amar a nadie, porque eres tú la mujer de mi vida. Me gustaría que estuvieras aquí para abrazarme, tal como lo haces en sueños, en donde alegras mis quimeras y alejas mis pesares.


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