De muerte y tristeza
Todo
sucede en sábado; la vida y la alegría, pero también la muerte y la tristeza…
Aquella
mañana desperté de golpe esperando que todo hubiera sido un sueño, pero un
silencio peculiar, estridente e insoportable me decía lo contrario. Entonces mi
padre llamó a la puerta de mi recámara y con voz rota de dolor, me contaba que
había muerto nuestra Lore, mi Lore, la Lore de estas lágrimas, esa mujer
fuerte, grande… La frialdad me llegó hasta lo más profundo de mi alma, tanto
que me quedé inmóvil, sin llorar, sin hacer gesto alguno, mientras mi padre
-que se derrumbaba y ahogaba en sus lágrimas- me abrazaba fuertemente. Después
de unos instantes me soltó y se fue, cerré la puerta y me senté en la orilla de
la cama, descompuesta y con la mirada perdida, la verdad no sé cuánto tiempo
estuve así.
Hay
ocasiones en que te sientes tan impotente, como un insignificante punto en
movimiento bajo las nubes; todo parece demasiado grande, inmenso, y escapa de
tu control… sin duda, esa era una de ellas. Mi amiga, mi confidente, mi
consejera, mi todo… la mujer de mi vida se había ido, y de la manera más cruel
que su “Dios” encontró: en la agonía, pero con la serenidad de quien muere
gigante.
Es inútil
hablar de dolor y aflicción. No tengo palabras así que no voy a intentar
tenerlas porque tratar de describir la tristeza que siento desde aquel día
sería limitar una pena que es infinita, una pena que me mata a diario por
dentro.
Llegar a
casa era sentir un vacío que me recordaba –como si hiciera falta- que ya no
estaba. Y es que ante su ausencia no he tenido más opción que mantener mi mente
ocupada, entretenerme haciendo tarea, viendo televisión, escuchando música,
saliendo con mis “amigos”, inventándome quehaceres… todo con la esperanza de no
pensar en ella aunque sea por un rato; funcionaba, tal vez por una hora,
funciona tal vez durante el día; pero cada noche, antes de dormir, es imposible
no escucharme entre tanto silencio, es imposible tratar de conciliar el sueño
sin dejar de sentir su legado en el alma. Debo confesar que a la fecha, pobre
demente enamorada de su esencia, sigo creyendo que mi lugar es a su lado, sigo
quedándome dormida entre sollozos esperando que venga por mí durante la
madrugada y escapemos juntas por la ventana.
He
aprendido que la tierra no deja de girar aunque tú te detengas para recuperar
el aliento, las estaciones no dejan de cambiar aunque añores el sol, y las
hojas caducas que deja el otoño te pueden hacer resbalar los días de lluvia.
Cambiaría
absolutamente todo lo que poseo por poder abrazarla
una vez más, pero el amor no es egoísta y seguramente ella tendrá otros amores
a quienes abrazar en donde se encuentre. Me duele recordarla, me duele hablar de
ella, aún no consigo hacerlo sin llorar, después de poco más de cinco años. Aun
la imagino, sentada en su sillón, tejiendo, mirándome con una sonrisa y
diciendo “que Dios te acompañe…”


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