Supersticiones



Faltan menos de 24 horas para que termine el 2012, y sí, viéndolo de manera objetiva, no existe un motivo lo suficientemente fuerte por el cual todo el mundo conviene en celebrar hipócritamente el 31 de diciembre (tras la precipitada ingestión, a ritmo de carillón, de las doce insoslayables uvas) en reuniones familiares que terminan siendo un agobio. Quizá me equivoco pero nunca he tenido excesivamente claro qué es lo que hace diferente los días de navidad y año nuevo a los de diario.

Como sea… por primera vez en mucho tiempo me tomaré la osadía de usar esta fecha (igual que el resto de la convencional sociedad) como un pretexto para echar un vistazo a las cosas que me ha regalado la vida en el año que acaba, hundiéndose ya como un cometa en el horizonte de la eternidad, dejándonos una estela de recuerdos en el alma.

Hoy, a las doce de la noche, muchos estarán celebrando el ritual correspondiente, destinado a invocar la buena fortuna sobre sus cabezas y a rehuir la mala ventura (que si de paso cae sobre la testa de quien no les cae bien pues mejor que mejor), con el claro convencimiento de que lo único mágico que habrán de obtener es la resaca del día después. Así, mientras unos tragan apresuradamente esos doce frutos dorados de la vid (y digo dorados porque, sin duda, habrán sido pagados a precios absolutamente desorbitados) con la tranquilidad de saber que nos quedan otros 365 por delante antes de tener que enfrentar nuevamente el suplicio, otras recibirán el año enfundadas en prendas íntimas de casquivano color carmesí, las maletas de otros más volverán a dar la vuelta a las calles de sus barrios, y algunos otros se entregarán a una serie de dogmas supersticiosos en un intento por cambiar el destino que, espero de todo corazón, no sea baldío.

Y sin embargo, lejos de asombrarme, no puedo alejar de mí la intuición de que, detrás de tan diversos ritos, no se esconde más que el miedo del ser humano a enfrentar su propio destino y la incertidumbre que el devenir le depara. 

Como colofón me gustaría proponer un brindis por un próspero año nuevo, para todos los seres que poblamos este mal llamado planeta Tierra, y recuperar de la memoria una cita de Richard Dawkins, que espero sirva de reflexión. "Toda idea que no esté fundamentada en la razón, ésta contra ella. Y dado que la capacidad de razonar es la adaptación más importante de nuestra especie, se puede decir que toda idea irracional es perjudicial para los humanos".

2012 fue año de olimpiadas, un año de elecciones, un año de “profecías”, pero, antes que nada, espero haya sido un año de bienestar. Amigos míos, sin ánimos de sonar cursi, ¡muchas felicidades para todos y que el nuevo año sea mucho mejor que el que hoy termina!


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